Valparaíso

Valparaíso no se nos abrió a las primeras de cambio. Se hizo de rogar, vistiéndose con una niebla pertinaz, pegajosa y de horizontes imposibles; con calles caóticas, cerros incontables, suciedad y desorden; con mil rostros aullantes, dientes muy blancos y camisones sucios, duchas de cemento; con óxido, orín y decadencia.

Pero cuando Valparaíso se nos abrió, brotaron del interior de su concha cientos de grafitis deslumbrantes; sonrisas no forzadas, muy auténticas, toda una historia centenaria y un futuro vibrante; una ciudad de cuentistas, historias marineras, donde lo imperfecto, lo decadente y lo bello, se encuentran y fabrican un equilibrio único.

Para muestra,…

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