La maldición de la plata: Potosí

Hace más de veinte años, leí un librito de Barco de Vapor llamado La vocación de Joe Burkinshaw, en el cual el protagonista, un niño en el albor de la adolescencia, trabaja en una mina de Inglaterra en plena Revolución Industrial. La obra parte de un accidente en la mina en la que fallecen varios familiares de Joe, dando inicio a una serie de avatares de auto-descubrimiento y maduración forzosa. Recuerdo que me impactó la narración del polvo, la oscuridad, la claustrofobia,… la muerte. Porque muerte y mina han ido siempre de la mano, conceptos hermanos.

Es curioso que al ingresar al Cerro Rico, a través de un agujero en la tierra, como puras alimañas, se me viniese a la cabeza precisamente la historia de Joe Burkinshaw, y no tanto las lecturas que me descubrieron la existencia de Potosí y el Cerro Rico: por un lado, la inconmensurable Las venas abiertas de Latinoamérica, de Eduardo Galeano; y por el otro, el más reciente y específico Potosí, de Ander Izaguirre. Si el primero me puso los pelos de punta con las tropelías de los conquistadores españoles en la América, el segundo, años más tarde, me los levantó todavía más. Ambas, lecturas clave sobre la temática potosina, y que en mí incendiaron las ganas de poner los pies en la ciudad del sur de Bolivia que dio lugar a la expresión “valer más que un potosí”.

Llegar a Potosí (nosotros veníamos de Uyuni) impresiona. Primero, por la prominencia indiscutible del Cerro Rico, de casi cinco mil metros de altura, horadado y anaranjado, una mole impresionante moteada de estructuras metálicas; segundo, por la acumulación sin mucho orden de miles de casas de ladrillo rojo, apelotonadas unas sobre otras en una superficie escarpada, llena de pendientes, la maraña de cables eléctricos, coches y motos y minivans. Un barullo inclusive mayor pues, cerca de la terminal, estaba a punto de celebrarse el Nacional Potosí – The Strongest, de la primera boliviana. Un taxi nos llevó al centro de la ciudad, donde todo luce tan diferente que no parece tratarse del mismo lugar: calles limpias, casas coloniales con galerías de madera, iglesias bellas y una bonita plaza central, una zona noble desierta (era domingo) que, eliminando el aspecto de las personas, podría pasar perfectamente por algún lugar del sur de España.

No fuimos a la mina hasta el día siguiente. En internet, habíamos leído el debate moral de algunos viajeros de sí debían o no entrar a la mina, por no colaborar con la vida miserable de los mineros, así como por no sumarse al placer morboso de observar sus condiciones de vida. Nosotros decidimos, sin embargo, ir a verlo con nuestros propios ojos. Lamentablemente, la miseria y las vidas desgraciadas existen tanto si miramos como si no, y nuestra presencia en la mina no suponía más que unos bolivianos a las arcas de la cooperativa minera en cuestión.

Llegado el momento, una mini van se ocupó de, pendiente arriba, arrancarnos de la relativa calma colonial del centro histórico de Potosí, para entregarnos a las fauces de la montaña. A medida que subíamos, se iban cambiando las construcciones coloniales por casas más o menos pobres de ladrillo o adobe. Aglomeraciones de personas en las placitas y cada rincón, mujeres sentadas entre cestos llenos de fruta, hombres encorvados bajo el peso de sacos de arpillera, mucho humo de automóvil, rostros cerrados, ojos achinados. Paramos delante de una tienducha, y Antonio, nuestro guía, un hombrecito encorvado y algo mal hecho, con chepa y un inglés macarrónico, nos habló de la mística de la coca, el bicarbonato, los cigarros, la dinamita, la Pachamama. Lo hacía entre bromas casi constantes, muchas de ellas de escaso buen gusto. Me di cuenta que quizá lo hacía para desbastar la crudeza de lo que íbamos a ver. En un momento, se le escapó que todos los hombres de su árbol genealógico, de profesión mineros, habían muerto en la mina. Y que todos los días fallecía alguien en las entrañas del Cerro Rico. Después de las compras, algo más arriba, desaparecieron casi por completo las casas. Arcenes llenos de residuos, galpones de hojalata oxidada, incluso de madera, misteriosas estructuras metálicas, un cableado inclusive más laberíntico, camiones y coches destartalados.

Al pie de la entrada a la mina de la cooperativa de Antonio, media docena de perros le recibieron con los ojos bien abiertos y la lengua fuera, agitando los rabos. Él les tiró pan, por orden, y nos contó al grupo (tres israelíes excesivamente alegres, un francés, un danés y nosotros dos) que se trataba de perros abandonados por los mineros, y otros a los que la cooperativa había adoptado, por compasión pero también por seguridad: no falta quien, por la noche, trata de meterse en la mina a robar algo de mineral. La limosna de los perros me resultó demasiado parecida a la que Antonio le ofreció a una mujer desdentada (dos paquetes de galletas) y a un minero joven (una bolsa de coca).

Finalmente, nos metimos adentro de la mina, a través de un agujero apenas asegurado por troncos de madera seca, no sin que antes Antonio dijera unas palabras en quechua, y vertiese unas gotas de alcohol y hojas de coca en el umbral en honor a la Pachamama. Ataviados con ropa de minero, botas, casco y mascarilla desechable, enfrentamos la primera sensación de claustrofobia. Inclinados ante la bajísima galería, con motas de polvo flotando en el aire, la oscuridad solo parcialmente aniquilada por el foco del casco, perdimos el aliento a causa de la altitud y la falta de oxígeno. Ahí fue donde recordé a Joe Burkinshaw, y luego a los millones de muertos (más de ocho, se cree) de indígenas muertos dentro de Cerro Rico de los que hablaba Galeano. Los primeros pasos dentro de la mina me hicieron sentir como un astronauta. En un hoyo a un lado, seis metros más abajo, vimos entre el polvo gris la figura de un minero, dando paladas de roca desmenuzada. Luego, desapareció por un agujero mínimo. Me recordó la marabunta de cuerpos en un agujero embarrado de La sal de la tierra, de Sebastiao Salgado. Antonio nos dijo que le dejásemos dos botellines de agua, ni uno más ni uno menos. Explicó que rotaba los regalos por todos los mineros de la cooperativa. La imagen dantesca del minero envuelto por una atmósfera de polvo se mezcló con las constantes bromas de Antonio, que luego nos contó el tamaño colosal de las primeras vetas de plata y zinc que los conquistadores se encontraron hace siglos. Su cháchara era imparable. Dinamita, Evo Morales, cadáveres centenarios, Pachamama, pero se regodeaba especialmente en el Tío y su capacidad fecundadora. Esta última figura, inicialmente introducida por los españoles para asustar a los indígenas y que así trabajasen más por temor a ofender a la deidad, ha acabado convertida en una figura socarrona y que los mineros veneran a cambio de protección, y a la cual piden permiso para extraer mineral de la montaña. En todo el recorrido, Antonio nos presentó a tres diferentes, incluyendo al más grande del Cerro Rico (dijo), y a todos ellos presentó ofrendas de coca y alcohol en manos y piernas y pene, a todos ellos puso en la boca un cigarro encendido, y de cada vez, murmuraba una oración quien sabe si inventada o verdadera o fingida para mayor regocijo de los turistas. En un momento, nos cruzamos con dos mineros abatidos sobre un banco de roca. Me parecieron padre e hijo, la mirada igual de perdida. Aceptaron nuestros ‘regalos’ con visible desinterés, y casi sin vernos, y a un lado, me sentí terrible, mezquino, un blanquito privilegiado. Porque a la mina solamente entran los que no tienen nada, los miserables, los desheredados, los que apuestan su salud y la vida a pesar de que la probabilidad juega en su contra. Ya ningún minero sale de pobre en la mina, aunque su salario sea mayor que el de otros empleos de la ciudad (a cambio de jugarse la vida y la salud).

Todavía continuó un rato más la visita. Perdí el aliento tras escalar por un resquicio a un nivel superior, el corazón latiéndome en las sienes, casi a continuación, vi a los tres israelíes reírse mientras rebuscaban a sus pies fragmentos de roca con vetas brillantes, y ostensibles gestos que trataban de imitar a los mineros. Antonio cantó la canción de los enanitos de Blancanieves, y luego explicó que los mineros abandonan muchos fragmentos aunque contengan plata, porque la concentración es demasiado baja y no compensa el transporte. Sin embargo, en enormes montones de esa escoria, afuera de la mina, las mujeres rastrean en busca de alguna plata que puedan vender, el cuerpo inclinado, la piel curtida. Mencionó, Antonio, el salario del minero, tan bajo que me da vergüenza hasta reproducirlo. Parecía culpar de ello a Evo Morales, al que también acusaba de haber abandonado a los mineros, vendiendo los derechos de explotación de otras minas a corporaciones chinas (sea cierto o no), y culpaba de ello a la vieja enemistad entre el norte paceño y el sur de Bolivia. Luego, insistió en que Sucre le robaba turistas a Potosí, por la ventaja de contar con el aeropuerto. Su discurso era deslavazado, poco confiable quizá, y entre discurso y discurso, bebía chupitos de alcohol de 96º y daba algunas caladas a los cigarros que luego tendía al Tío. Ante el último de ellos, ordenó apagar todas los focos y así, a oscuras, solo visible el aro incandescente del cigarro en la boca de la estatua, habló de que el Tío era la fuerza masculina que fertilizaba a la montaña, a la sazón la fuerza femenina, y equiparó sacar metal de la montaña sin pedir permiso a robarle un hijo a su madre. Para entonces, yo ya no le hacía mucho caso, me concentraba en el olor a orines, cerveza y humo de tabaco, y trataba de apartar de la cabeza la vida miserable de los mineros.

Un rato más tarde, salimos. Afuera, el sol y el reflejo del sol en los tejados de Potosí nos cegó por un momento. Me tapé los ojos, pensé en aquellos indígenas obligados a trabajar dentro de la mina, al principio de la explotación hasta cuatro meses seguidos (debían vendarse los ojos al salir, a causa de la luz); por no hablar del tráfico de esclavos, que acabó reducido casi a cero a causa de que los afroamericanos no soportaban las condiciones de trabajo y la altitud. Antonio continuaba con sus bromas, los israelíes reían. Yo me saqué la mascarilla desechable. Sentí hambre.

A nuestros pies, parecía despeñarse el pelotón de casas de ladrillo de Potosí, brillantes al mediodía y a más de cuatro mil metros de altitud sobre el mar. No hay reflexiones que extraer del Cerro Rico y de Potosí. El peso de los muertos aplaca cualquier conclusión. Solo queda, flotando en la atmósfera, un aroma de miseria y codicia humanas, y una vergüenza profunda y que debiera ser colectiva.

Antonio nos subió a la minivan, y al poco rato, estábamos de vuelta en el hostel, en el bello centro histórico de Potosí, limpios de polvo e instalados en nuestras cómodas vidas.

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