Odisea Austral – Día 14

(Playa de Santa Bárbara – Hornopirén)

Empezó a llover a las dos de la madrugada (llevábamos casi cuatro horas dormidos) y no paró hasta las ocho. Evaluación de daños: humedad generalizada en la Guía Argentina, y en el Martín Fierro; leves pero dolorosos daños en la moleskine; humedad palpable en la ropa. Después de recoger, húmedos, fríos, nos lanzamos a hacer dedo en el mismo cruce que la tarde anterior, pero nadie para, a excepción del bus subvencionado, conducido por un ex militar que, boina granate en la cabeza, manos enormes sobre el volante, es pura simpatía. Con su repetitiva cumbia, atravesamos el Pumalín, un espacio bellísimo y de vegetación exuberante, donde habitan alerces milenarios y brotan termas recónditas, volcanes impenitentes que no vemos por las nubes, una selva cerrada que amenaza constantemente con devorar el ripio negro. Luego, llegará un té chai, las dos barcazas para dos largos fiordos, a lo largo de los cuales irá iluminándose el día. Rodeados de salmoneras, bosque original, cumbres envueltas en la niebla, nos va envolviendo una nostalgia por la ruta austral que ya va terminando, multilaminar y compleja, apenas arañada en nuestro viaje: siempre queda algo atrás. Llegamos agotados a Hornopirén, un pueblecito dividido en tres barrios partidos por el río, orillas de verdín y barcas varadas. Plantamos la tienda en el jardincito de un restaurante, y esa noche, mientras cenamos ensalada de quinoa y bebemos vino, dentro del restaurante vemos uno de esos cumpleaños adolescentes donde la presencia de los padres ya sobra. Afuera, nos acuna el murmullo del río fundiéndose con el fiordo: gran forma de desaparecer.

Viene de Odisea Austral – Día 13.

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