Odisea Austral – Día 11

(Puyuhuapi – Villa Santa Lucía)

Algunos días lucen infinitos. Días que, una vez transcurridos, parecen haber abarcado semanas enteras; días que dan para madrugar y salir tarde, para que nos recojan varios coches con varias personas y varias conversaciones, para vernos arrastrados por una ruta inmensa; días que sirven para conocer mil historias distintas, muchas de las cuales escapan a las libretas y a la misma memoria; días en los que ver el resultado de los desastres naturales o la grandilocuencia de la geología; días que dan para explorar los reflejos perfectos del mar tranquilo o para buscarse a uno mismo en el hielo desquebrajado y a punto de precipitarse al vacío de un ventisquero; días que dan para escuchar bellísimas frases (“la tierra se murió con mi abuela”); días para descubrir que todas las dictaduras son tremendamente parecidas (e igual de asquerosas); días para desencontrarse y encontrarse de nuevo; días para, finalmente, contemplar sobre nuestras cabezas un colosal mar de estrellas. Y las estrellas siempre traen la paz.

Viene de Odisea Austral – Día 10.

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