Odisea Austral – Día 10

(Coyhaique – Puyuhuapi)

Madrugamos pero salimos siempre tarde: es marca de la casa. Rodeando Coyhaique, buscamos las afueras con calma, pasos que se tiñen de proyectos futuros. Junto a una rotonda, no pasan ni cinco minutos antes que un hombre que habla mucho nos recoja. Le acompaña un subalterno casi anciano, gastado, que no habla nada y contempla el mundo al otro lado de la ventanilla. El hombre nos mete dentro de la auténtica ruta austral (aclara que la falsa conduce a Puyuhuapi a través de Puerto Aysén) para luego abandonarnos en Villa Ortega, mitad de la nada. Es temprano todavía. Atendidos únicamente por perros curiosos, comemos pan recién hecho mientras Paula lee a García Márquez y yo vago por artículos de la jotdown. No pasan coches, pero tardamos un buen rato en echarnos a andar por el camino de gravilla y polvo. Un kilómetro más tarde, nos recoge una furgoneta en cuyo interior se apretuja toda una familia, que se aprieta todavía más para hacernos sitio. Con el traqueteo del ripio, todos se van durmiendo mientras charlamos con el conductor, el padre de la familia. Nos dejan en Mañihuales, y allí comemos nuestro arroz con verduras apoyados en una roca, viendo pasar los coches. Pasaremos un largo rato haciendo dedo, sin éxito, hasta que la misma familia (que había parado a comer), da media vuelta para ir a por nosotros de nuevo. Ya nos llevarán hasta el destino final, Puyuhuapi, un pueblecito pequeño al fondo de un canal, un enclave precioso que luce gris y algo desolado, como el clima, casi al atardecer. Vemos el sol ponerse a través de una cerveza roja, y hablamos sobre las idealizaciones, madurar y sobre la ansiedad. Luego, se hace de noche.

Viene de Odisea Austral – Días 8 y 9.

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