Odisea Austral – Día 6

(Caleta Tortel – Puerto Tranquilo)

De Caleta Tortel a Puerto Tranquilo, renace la Patagonia: páramo de matorral bajo y mareas de polvo que se cuela por todos los poros, un cielo invariablemente azul y profundo, el viento constante, momentáneos oasis de humedad en forma de ríos que transitan melancólicamente el desierto. En la Patagonia, los humanos brotan como anécdotas, y transitan la inmensidad veloces, como sin querer detenerse en un lugar donde casi nada crece. Es la tragedia y la soledad de la Patagonia, un monstruo nostálgico de su fecundo pasado oceánico.

Los viajes en bus tranquilizan, nos convierten en espectadores que dormitan y contemplan, que escuchan música, que respiran las imágenes al otro lado del cristal. Así es como llegamos, rozando la noche, a un Puerto Tranquilo diminuto y aún más empequeñecido por el gigantesco lago a cuyo borde se asoma. Desembarcamos en el patio que un anciano (el Tata, le dicen) con imaginación ha convertido en camping. Al rato, nos acoge en su seno una cervecería artesana insólita, y en ella, un grupito de chilenos volados, borrachos, que hacen suya nuestra necesidad de efectivo. Quizá el nombre del mundo debiera ser Sincronicidad: una de las chilenas, Daniela, la más volada y loca de los cuatro, estuvo trabajando durante un tiempo en a Illa de Ons, en plenas Rías Baixas. Termina ofreciéndonos su casa en Futaleufu.

Nos acostamos bajo el galpón del viejo, roznado la medianoche, con esa sonrisa en los labios que aparece cuando el universo conspira a favor.

De madrugada, un jabalí rabioso asola el camping.

Viene de Odisea Austral – Día 5.

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