Odisea Austral – Día 5

(Villa O’Higgins – Caleta Tortel)

En Caleta Tortel no hay calles. Una plaza de llegada y, a continuación, la pendiente hacia el mar (aquí con aspecto de lago, a causa de los fiordos) a través de pasarelas de madera conectadas entre sí, mareas de escalones que conducen a una costanera que se alarga hacia el norte, rodeando la tierra. Casa de chapa y madera donde los suelos están inclinados y las mesas se recubren con hules como los que mi abuela usaba cuando yo era niño, donde las mujeres llevan siempre mandil y la sofisticación está fuera de lugar. La vegetación es frondosa, el mar azul turquesa. Mareas de colibríes orbitan las flores campanilla del chilco, una planta que me recuerda a mi madre. Todo luce desaliñado a mis ojos, abandonado, extrañamente marginal, diminuto y pintoresco al mismo tiempo. Mientras caminamos por la costanera, unos argentinos nos regalan pichanga. Más tarde, beberemos cerveza con matices de frutas del bosque, y un cocinero muy sociable nos hablará de la mística isla de Chiloé. Y, afuera, irá cayendo el sol entre las cimas de los fiordos, transformando el color de las aguas. En algún lugar, suena Trouble de Coldplay, y eso me hace sentir pleno y viejo.

Viene de Odisea Austral – Día 4.

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