Odisea Austral – Día 3

(Candelario Mancilla – Villa O’Higgins)

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Ni siquiera en tiempos de GoogleMaps se pueden sentir los lugares antes de llegar a ellos, ni el trazado de las calles o la superposición de los negocios que la llenan, información de horarios de apertura y cierre, reseñas de TripAdvisor, sirven para transmitir una idea, una emoción, de las personas que lo habitan. Google siempre perderá. Villa O’Higgins fue

fundada en 1965 en un intento de Pinochet por afianzar territorialmente la extremidad ulterior y austral de Chile, en ese particular juego de fricciones territoriales con Argentina. Se trata de un lugar terminal, formado por chabolas de chapa o madera pintadas de colores, todas de planta baja, en las cuales se esconden mini-markets, bibliotecas, agencias de viajes, bares. Calles de gravilla (aquí llamada ripio) donde las gallinas sueltas pican buscando algún grano invisible para nuestro ojo, donde la poca señal telefónica la ofrece una antena paupérrima que es la estructura más elevada del pueblo. También hay un aeródromo, y eso me recuerda el aislamiento de los pueblos de Islandia. Pero en las calles, descontando los turistas que venimos escupidos de Candelario Mancilla, están desiertas, habitadas por perros somnolientos que duermen la siesta en las aceras y caballos de aspecto confundido que no parecen entender nada. Se siente una paz que oculta cosas, realidades íntimas, historias que no saltan a nuestros ojos de forma inmediata, ni probablemente lo harán nunca: franceses que cocinan ratatouille, ancianas tratando de cobrar con VISA, pan amasado en cualquier esquina, glaciares inexplorados, cuentos fantásticos.

Viene de Odisea Austral – Día 2.

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