Trasandino

Escucho Olores perdidos, de Mercedes Peón, mientras el bus que tomamos en Santiago atraviesa el Paso de los Libertadores. Rodeados de elevadísimas cumbres (entre las cuales se incluyen los casi siete kilómetros de altura del Aconcagua), nuestra mirada se embelesa en las montañas, pero también se tropieza con tramos fragmentados de una vía férrea, estrecha y oxidada, por momentos devorada por aludes pasados, la roca desmenuzada que llueve desde las alturas, por el escaso matorral bajo. Dejamos atrás Puente del Inca, Los Penitentes, el bus desciende desde los 3100 metros de altitud siguiendo el curso nervioso y semi glaciar del río Mendoza, enclaustrado entre paredes erosionadas que recuerdan al cañón del Colorado, sobre ellas las empinadísimas laderas de las montañas: atravesamos los Andes. El escenario me recuerda el cruce del Atlas,

entre Marrakech y Ouarzazat, pero quien me envuelve es la voz poderosa de Mercedes Peón, dereitiña cara o mar, e xa nos atoparemos, dereitiña cara o mar, que xa nos atoparemos, y la mirada se me cae una y otra vez sobre las vías. ¿A quién se le ocurriría tender camino para un tren a través de los Andes?, me pregunto. Imagino hombres rudos, de pocas palabras, envueltos en la ventisca, la nieve, buscando oxígeno en el aire de la cordillera. Puentes oxidados saltando una y otra vez sobre el Mendoza, las vías por momentos hundidas, o dobladas, o sumergidas, sedimento invadido por la vegetación. Sobre ellas, el aroma a misterio de las cumbres rojizas, pardas. El valle es una de una belleza intimidante y avasalladora, pura violencia que escupe soledad. El humano se minimiza aquí, pueblitos que languidecen, taciturnos esperando el bus turístico del día; viejas casas de adobe que ya han perdido la cal o la pintura y se desmoronan como quien camina por el desierto y, cuando ya no puede más, hinca la rodilla, galpones que un día protegieron de los aludes al tren y que hoy están repletos de agujeros, tablas hundidas, hogar para las aves de la cordillera, pasavías y estaciones de servicio, vagones oxidados varados como esqueletos de un ser antediluviano. Con el pasar de los kilómetros, un largo y suave descenso hacia la capital mendocina, perdemos de vista las vías, alcanzamos el pantano azul turquesa del embalse de Potrerillos, arrasado de kayaks y windurfistas y domingueros ajenos a la imagen desolada de la línea férrea, esa melancolía pura desprendida desde las alturas. Nos adormilamos en el llano, tras el éxtasis…Las vías, fantasmales, quizá todavía conduzcan a algún lugar, en otra parte, en otro plano.

PD. Ya en Mendoza, leemos sobre el Ferrocarril Trasandino impulsado a finales del siglo XIX por los hermanos Clark, de ascendencia escocesa, y que no vivieron para ver la inauguración de un proyecto colosal, a principios del XX. Un proyecto colectivo entre Argentina y Chile en un momento de tensiones territoriales tremendas, y que hoy adolece a pesar de alguna que otra propuesta poco realista para re-abrir el Trasandino (Aquí podéis leer más sobre el Trasandino y, sobre todo, beber la melancolía de las fotografías antiguas).

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