Indulto a la confianza

Indulto: m. Gracia por la cual se remite total o parcialmente o se conmuta una pena.

Soy de naturaleza desconfiada, probablemente como estrategia de auto-preservación, un análisis a la baja de las posibilidades de que algo vaya bien. Bajo la premisa, quizá falsa, de que resulta mucho más complejo afrontar una mala situación que adaptarse a una buena. Así, a brocha gorda. Para lo bueno, todos estamos siempre listos, pienso. De dónde proceda ese patrón de pensamiento, sería motivo de estudio y muy buen material de terapia, y aun teniendo ciertos indicios, el presente texto responde más bien a una decisión personal, consciente, de indultar a la confianza (al menos, dentro de lo posible). Que las cosas también pueden ir bien, y que el ser humano, en lo particular, es bueno, honesto y solidario. Ojo al dato. Se cumple un mes de viaje (dos y pico al momento de publicar el texto), y a pesar de haber pasado por multitud de ciudades y pueblos, formas de alojamiento y transporte; a pesar de que mi fecunda imaginación ha fantaseado con atracos y con las más rocambolescas muertes, la purita realidad es que todos y cada uno de los seres humanos que nos hemos cruzado (sin consideración de sexo, raza o estrato social) nos ha tratado con respeto y, en la mayoría de casos, con gran amabilidad. Hemos recibido ayuda incluso sin solicitarla. Y sí, sé que fácilmente podría venir alguien a decirme (yo mismo lo haría, sin ir más lejos, porque una parte de mí mismo, ahora callada, reniega de todo lo escrito) que si el viaje dura lo suficiente, acabará ocurriéndonos algo ‘malo’. Sin embargo, es necesario aclarar que lo que planteo no está únicamente sostenido por la inocencia, ni por cierto sentido irreal del estado de las cosas en el mundo ni en los lugares por donde pasamos; tampoco en ese absurdo no-me-pasará-a-mí. El mundo que habitamos está lleno de imprevistos (y menos mal), amenazas, y muchas formas de miseria, dolor y muerte. Permanezco alerta pero dando espacio a la fluidez mental, saboreando la idea de que el siguiente ser humano que nos crucemos, no vendrá a causar daño. Quizá a explotar mi condición de turista, pero no a hacerme daño. Y bien podría ocurrir lo contrario, que las circunstancias particulares de su vida le condujesen a herirme. Pero reniego, ahora, de la condena automática a la confianza. La prevención de riesgos, en adelante, procuraré dejarla para las aseguradoras, para la ficción de los personajes, para esos momentos inevitables en que las evidencias demuestren mi error. En el fondo, todo este texto, las cuatrocientas y pico palabras, podrían resumirse gráficamente en la imagen de un vaso medio lleno, medio vacío, una imagen en la que quien escribe trata de decantarse por el medio lleno.

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