Torres del Paine (día 4, y fin)

(El Gran Día)

Salimos al amanecer, muy temprano. Con los primeros pasos, el sol comienza a regar de luz dorada la durísima subida inicial, coloreando las colinas patagónicas a nuestra espalda, restallando sobre la nieve y enardeciendo las aguas del río. Bordeábamos un valle cerrado, a tramos encañonado, con uno de los lados cubierto de bosque y el otro desnudo. Casi nadie nos acompaña. A lo lejos, entre giros, comenzamos a intuir las Torres. Al contrario que en los tres días anteriores, el cielo está despejado y la promesa de una panorámica perfecta nos enciende las piernas. Vaho en el aire. El río tumultuoso, las raíces de árboles centenarios que nos hacen tropezar, el barro y los chingolos volando entre matorrales, siempre atentos a migas perdidas. Ese silencio lleno de ruido es la naturaleza. Le hablo a Paula sobre un cuento de Ray Bradbury, La lluvia (en El hombre ilustrado), de otras obras incunables, uno es lo que es y es las lecturas e historias que ha leído y que recubren su espíritu, formando capas, como una cebolla. El camino se empina, el bosque muere y aparece la escarcha. Poco a poco, nos vamos quedando sin habla. Al llegar arriba, apenas una docena de personas, el lago de un azul tan intenso, el crujido de la nieve y el hielo, las torres alzándose hasta casi los tres mil metros de altura, sobre nosotros, auténticos rascacielos de roca, agrietadas, los intensos colmillos de una boca inabarcable, es una fabulosa expresión de potencia, de violencia, de belleza, un lugar cautivador que abandonamos minutos más tarde casi caminando de espaldas, a pesar de ser conscientes de que un lugar así no se borrará nunca de nuestras retinas.

Torres del Paine (día 3) // Torres del Paine (día 2) // Torres del Paine (día 1) // Torres del Paine (la pre)

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