Torres del Paine (día 3)

(hacia la Central)

A Paula le molesta la necesidad de descartar el Mirador Inglés, también a mí, aunque sin duda me alivia rebajar todos esos kilómetros extra. Mochila a cuestas, vamos bordeando el lago Nordenskjöld, camino de la Central, nuestro ‘campamento base’ de acceso a las míticas Torres del Paine, cruzando tramitos de bosques de lengas y ñirres, de matorrales espinosos llenos de flores, ríos glaciares más o menos turbulentos; y espacios desnudos donde podemos observar a los chimangos, entretenidos entre los peñascos y, más arriba, lejanos cóndores en su reino de las alturas. Todo lo aplaca (y lo domina, y lo oprime) la presencia espectral de las montañas, superlativas, punteadas de nieve y entre gajos de nubes. La ruta rompepiernas da pie a contemplar, disfrutar de la pequeñez del ser humano ante las montañas, una pequeñez similar a la que se siente a la orilla del mar o mirando las estrellas. En un refugio a medio camino, perdemos el primer termo, y Paula habla de su hostal, un lugar de fantasía, realidad alternativa y necesaria, y yo sonrío porque, ante las fantasías, realizables o no, uno no debe más que sonreír, y dejar estar, dejar fluir, nunca desanimar, porque uno nunca sabe cuándo las fantasías más rocambolescas van a cumplirse. Más tarde, mientras Paula se detiene a tomar fotos, yo me concentro en escuchar las montañas, el siseo incombustible del viento sobre la roca, el crujido de la hierba o el modo en que la ventisca sopla entre los agujeros de mi bastón, arrancando notas aflautadas. El final, mucho más seco, patagónico, resulta cansado y nos vamos arrastrando hasta la Central, el camping más cutre de todo el parque, un insulto al propio concepto de camping. Sin embargo, huimos de él hacia la cafetería y, mientras bebemos cerveza y Paula fotografía cranchos, palpamos nuestras caras: aquí, la capa de ozono es mucho más fina, y estamos quemados.

Torres del Paine (día 2) // Torres del Paine (día 1) // Torres del Paine (la pre)

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