De paseo con una familia viajera

Trataba de leer una novelita infumable mientras Paula hacía dedo, cuando una furgoneta Land Cruiser color vino y plagada de pegatinas y banderitas aparcó con estruendo en el arcén de la carretera de gravilla que conducía al interior de Península Valdés.

(por un error de cálculo, habíamos pensado que una de las mayores reservas de fauna marina del mundo era ‘caminable’, pero la realidad es que en la Península Valdés, las distancias son enormes. Abandonada la posibilidad del tour pagado o de compartir un taxi, por su precio, con cierta reticencia acepté la alternativa de Paula de irnos al desvío, levantar el dedo, y ver qué pasaba. En mi desconfianza natural, pensé que simplemente pasaríamos un par de horas al sol, comiendo polvo, antes de regresar a la seguridad de Puerto Pirámides, el pueblito donde acampábamos; ella, en cambio, creía firmemente que alguien nos llevaría.)

Del vehículo se bajó un hombretón moreno y con camiseta blanca de asas, la melena anudada. Con acento mejicano, nos preguntó a dónde íbamos y nos animó a subir, que nos acomodásemos en la parte trasera de la furgoneta, que había sido sorprendentemente modificada: desaparecidos los asientos, sobre una estructura de palés descansaba un colchón que lo ocupaba todo menos los asientos delanteros, y sobre él, dos de nuestros cuatro compañeros de viaje: Nico y Mabel, 4 y 6 años, rodeados de mochilas y juguetes, y que nos recibieron con una ligera y (luego lo supimos) fingida timidez. Túmbense como puedan, muchachos, dijo su padre, arrancando la furgoneta. Nosotros subimos a todo el mundo, añadió. Al saber que podíamos hablar en inglés, nuestra interacción con los pequeños resultó más inmediata (Paula fue la hermana mayor a la velocidad del rayo). No en vano, tanto los padres como los niños eran estadounidenses, aunque habían vivido en Ecuador y llevaban ya dos años viajando en la furgoneta (antes, con dos perros) por toda Sudamérica. Fue así cómo nos convertimos en los compañeros de viaje de esta familia (8 duffels & 3 mutts en Instagram) por la Península Valdés. Los cuatro vivían fuera de los estándares y convencionalismos, de hecho, los niños ni siquiera habían sido escolarizados, nos contaron más adelante, pero eran mentes afiladas que aprendían de lo que veían durante el viaje, de las explicaciones ofrecidas por sus padres (a menudo sin filtro), de los autoestopistas que se encontraban en el camino o en los campings donde paraban. Qué mejor escuela que las aventuras vividas, que nos iban contando mientras penetrábamos al interior de Península Valdés. A ambos lados del camino de polvo, veíamos los largos cuellos alzados de los guanacos, el reflejo blanco de las salinas, las martinetas escabulléndose entre matorrales, grupos de ñandúes mimetizados con el paisaje. Entre tanto, también los niños se hicieron amigos míos, jugando al fuerte bajo las mantas o pegándose entre ellos o haciendo preguntas sin parar. La madre decía que, en realidad, ellos no subían a autoestopistas, sino que se hacían con niñeras for free. El padre, con mucha calma, nos contó que esa forma de vida era la que más les convencía: Si queremos parar, paramos, si queremos seguir, seguimos, no tenemos normas ni facturas que pagar, ni nadie a quien rendir cuentas. El relato de sus aventuras se mezclaba de forma natural con numerosos consejos para mochileros y con la observación de la fauna. Los padres de Nico y Mabel (de los que, ahora que lo pienso, no llegamos a averiguar sus nombres) compartían con Paula la fe en que las cosas van a ir bien, que la gente es buena y honesta, y que, sea como sea, así es la vida. En esas, nuestra primera parada fue la pingüinera de Caleta Valdés, en el extremo oriental de la península, donde pingüinos de Magallanes se acicalaban al sol, sin miedo alguno de los humanos, estirándose como si tratasen de echarse a volar, algunos a la sombra en sus madrigueras. Las aguas del mar restallaban, azul turquesa. Algo más al sur, volvimos a parar ante varias lenguas de arena sobre las cuales descansaban hembras de elefantes marinos, y más lejos todavía, cientos de lobos marinos. El padre dijo que la marea estaba subiendo, que podríamos esperar un par de horas hasta su máximo, con la esperanza de ver aparecer alguna orca dispuesta a representar para nosotros una de las estrategias de caza más espectaculares de la naturaleza, esto es, dejarse arrastrar por una ola para aparecer en la orilla y sorprender a algún lobo marino, de pronto rodeado por las fauces del increíble mamífero marino. Sin embargo, sabíamos que ya no era temporada de orcas (las últimas habían sido vistas semanas atrás) y los lobos marinos, muy tranquilos, se entretenían enfrentándose entre ellos y soltando sus rugidos, a medio camino entre ladridos y gruñidos de cerdo, enseñándoles trucos de supervivencia a las crías, o simplemente tomando el sol, como las hembras de elefante marino, que permanecían en la misma posición, como muertas, durante horas, y despertaban la admiración del padre de Nico y Mabel: That’s the life, man!. Los niños jugaban aquí y allá, por las pasarelas, un grupito de argentinos hippies que acompañaban en su coche a la familia, tomaban mate, fumaban hierba o tocaban la flauta. Sobre nosotros, desde el oeste, un mar de nubes grises se nos iba acercando, comiéndole azul al cielo. Comenzó a soplar un viento frío, nos metimos en la furgoneta, enfrentada a la lengua de arena donde rugían los lobos marinos. Se pronosticaban doce milímetros de lluvia en forma de tormenta. Pues aquí nos quedamos, soltó el padre, y todos nos reímos. Ya buscaremos una forma de dormir aquí todos juntos, añadió. La tormenta no fue tal (al menos no donde nos encontrábamos, como sí en Puerto Pirámides), y tras un par de gotas y la no comparecencia de las orcas, pusimos rumbo a Punta Norte, otro santuario de mamíferos marinos. Por el camino, a nuestra derecha, la Caleta Valdés se mostraba luminosa y bella, reverdecida por la lluvia y preñada de flores amarillas, charcas que reverberaban al sol y un doble arco iris en el cielo. Vimos más guanacos, un pingüino desorientado en mitad de la maleza, águilas en el cielo y martinetas aquí y allá, poco inspiradores corderos y un espectacular armadillo metiéndose ágilmente en su madriguera. Un auténtico safari que sucedía mientras entreteníamos y nos entreteníamos con nuestra familia viajera. Nico y Mabel, que no se nos despegaban, lo mismo me pedían que me pusiese una máscara dorada para pelear la batalla definitiva con espadas de plástico, que dibujaban abstractos tatuajes de colores sobre las piernas de Paula. En Punta Norte, mucho después, la tarde comenzó a caer. La marea iba bajando y mostraba las entrañas del océano, rocas empapadas de algas sobre las cuales garzas blancas buscaban alimento. Los lobos marinos continuaban con su perorata igual que los elefantes con su eterna siesta, despreocupados de nada que no fuese su descanso. Otros pájaros, para los que no teníamos nombre, bullían entre las ramas. Mabel insistía en que debíamos urdir un plan para asustar a Nico, que sentado en mi regazo me preguntaba con voz somnolienta qué hacían las garzas entre el fango. El azul turquesa del mar iba tornándose azul acero. Abandonamos Punta Norte justo a tiempo, faltaba un largo camino de regreso y la furgoneta iba sin luces: We never drive at night, decía el padre. El cielo se fue oscureciendo mientras los niños, cansados, se revolvían inquietos entre nosotros. Sobre el este, el atardecer era una obra impresionista. Cruzamos una gran charca, y rozando la noche, llegamos al camping. La tormenta había azotado con dureza esa parte de la Península, y unos compañeros mochileros franceses habían tratado de asegurar nuestra tienda y nuestras cosas, con bastante éxito, pero ante nuestra tardanza, habían dado aviso a las autoridades de que quizá había dos españoles perdidos por Península Valdés. Todo el mundo parecía muy aliviado de que estuviésemos sanos y salvos. Compartimos cena con la familia en un local del pueblo, mientras continuaban con sus historias del viaje y otros temas. No fue hasta última hora que la persiana de un día tan intenso se bajó. Y servidor, derrotado por los acontecimientos, no tuvo más remedio que espetarle a su compañera un: Estarás contenta, ¿no?

Ya por la mañana, al amanecer, nos despedimos con una mezcla de alegría y pena de la familia viajera, agitando la mano y respondiendo a las muecas de Nico y Mabel, vimos desaparecer la Land Cruiser, que aceleraba hacia nuevo destino.

 

 

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