Ciudades espejo

Dedicado a Pajarita, al Perrete, a Jerusalén y a Israel

Entre Reykjavík y Ushuaia hay 13814,14 km en línea recta. Una inmensidad. Alcanzar este punto supone unir lo boreal y lo austral, una oda emocional a la distancia, una búsqueda de semejanzas a lo que se supone opuesto. Lugares remotos apartados de todo: Islandia de Europa, Tierra del Fuego de Argentina. Ambas islas, ambos territorios de incógnitas e historia: ciudades espejo.

Reykjavík, una ciudad de gatos; Ushuaia, de perros.

En las calles de Reykjavík se puede ver a los felinos cruzando tranquilamente, paseando, internándose en parques o en jardines particulares, en las cafeterías y edificios, rondar las piscinas o las paradas del bus, ociosos y filósofos, relamiéndose la existencia. Jamás encontramos a uno solo atropellado, los gatos de Reykjavík parecen protegidos por un aura mágica, infranqueable. Y son todos afables, distendidos, buscan sin miedo la caricia del extraño, un mimo no se desprecia nunca. Cuando azota la ventisca, buscan alguna repisa desde donde observar el transcurrir de la existencia; cuando luce el sol (esos deliciosos y breves momentos), brotan de las casas o de donde se hayan resguardado, a la caza de algún lugar donde darse un buen baño de luz. Nos hicimos amigos de muchos de ellos, uno de ellos hasta se nos coló en casa y le dimos de comer. Algunos eran, sin lugar a dudas, habituales en el barrio, les reconocíamos, eran casi familia, a esa manera que tienen las cosas cotidianas de empapar nuestros espíritus.

Ushuaia es, en cambio, la ciudad de los perros. Se les ve a millares entre las casitas destartaladas de madera o de chapa pintada de colores, entre las calles empinadas que ascienden hacia el bosque y las montañas, estribaciones menores de los Andes; se les ve entre los quioscos, badulaques, panaderías, estaciones de servicio de YPF. Aparecen a los pies del caminante, agitando alegres sus rabos, casi siempre amistosos, patas ligeras y lengua colgante, algunos con dueño, otros sin amo, todos libres y callejeros, ladrando a todo lo que se mueva, olisqueándose unos a otros. Como con los gatos de Reykjavík, también nos hicimos amigos de algunos de ellos. La primera, Pajarita, la perrita adoptada temporalmente por Charly, nuestro anfitrión couchsurfing, que tardó apenas unos segundos en reconocernos como hermanos; al otro día, fue Perrete, otro callejero ushuaiense, el que se nos unió al principio de la ruta del Río Encajonado. Curioso y tranquilo, nos acompañó los veinte kilómetros de andaina, feliz por la compañía; al tercer día en la capital de Tierra del Fuego, fueron dos, posteriormente bautizados por un israelí como Jerusalén (el macho, que no se despegaba de Paula) e Israel (la hembra, que me seguía a todas partes), los que espontáneamente nos acompañaron por el valle de Andorra y hasta los ochocientos metros de altura del glaciar Vinciguerra, a través de turberas, lodo, bosque y roca. La pena que nos dio dejarles atrás cuando nos subimos al colectivo (Israel parada en mitad de la calle, mirando cómo nos íbamos y sin comprender nada; Jerusalén tratando de subirse al bus de cualquier forma posible). También ellos, en cierto modo, se volvieron familia, a esa manera que tienen algunos seres vivos de tocarnos y dejar marca en muy poco tiempo.

Entre Reykjavík y Ushuaia hay 13814,14 km en línea recta. Una inmensidad. Pero, para determinados asuntos, apenas un salto al otro lado del espejo.

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