El tango kirschnerista

El local se llamaba El beso del tango, Avenida Corrientes (desde el Obelisco), y se lo había recomendado una amiga tanguera a mi tía. Que allí se montaban buenas milongas. De modo que, en nuestra última noche en Buenos Aires, 24 cumpleaños de Paula, nos lanzamos a las calles del centro de la ciudad, camino de besarnos con el tango. Situado en la primera planta, un giro de escaleras nos abrió a una sala grande llena de mesitas redondas con mantel blanco, que rodeaban un espacio central destinado a bailar. Ocupado, de hecho, por algunas parejas, que se mecían con elegancia al ritmo del tango. En el mostrador, una mujer joven nos explicó que la de hoy era una milonga un tanto especial, y llamó al organizador del acto, un hombre en traje, sesenta años, perilla blanca, rostro afable, que dijo que sí, que claro que pasáramos, que de dónde éramos, ah, españoles, bárbaro, adelante, tomen lugar, ¿bailan ustedes tango?, ah, qué pena, en cualquiera caso, tomen asiento, tomen asiento y disfruten, les advierto que se trata de una milonga especial. Algo incómodo por sentirme señalado, nos sentamos en un rincón de la sala, tratando de pasar desapercibidos en adelante. Comenzamos a observar con deleite los pasos de las parejas que bailaban frente a nosotros, especialmente sus pies, sus movimientos, los vestidos de las mujeres, el modo en que se pegaban las mejillas.

La mayoría superaban los cincuenta, pero había algún que otro miembro de menor edad. Me fijé en que una de las paredes del local se encontraba recubierta de espejos. Sobre ellos, una larga tira de tela con los colores de la bandera argentina, y bajo ellos, en folios de papel chapuceramente pegados al cristal, fotografías de grandes líderes de la historia argentina y sudamericana. Identifiqué a los Kirschner y a los Perón repetidos varias veces, al papa Francisco, al Che Guevara (me pareció que era Benicio del Toro, y no el auténtico Che), los expresidentes de Uruguay y Ecuador, Pepe Mujica y Rafael Correa, Fidel en una esquina, un tanto lejos, hasta me pareció ver al finado Hugo Chaves y a su patético sucesor, Maduro. Todo un panteón, pensé. Sin duda alguna, era obvio que aquellos tangueros tan simpáticos eran, además, kirschneristas y/o peronistas. Pensé en todo lo que me había contado mi tía, me froté mentalmente las manos. Pedimos una cerveza, que sirvió el sufrido y amable camarero (extraordinaria la amabilidad de estas tierras, en comparación con la nuestra), y continuamos observando a aquellas parejas bailar tango: los elegantes ademanes de un anciano, la pericia de una de las mujeres más jóvenes de la sala, esos dos que se miran con amor, quien sabe si fingido o sentido, la sonrisa pícara de aquel. Etcétera. Delante de nosotros, se sentaba un exaltado que se había anudado al cuello una bandera que no supe reconocer, mostacho blanco, sonrisa abierta. Entre canciones, unos se sentaban, otros se levantaban, pero siempre había alguien bailando. Sobre las mesas, se servían vinos, licores, también empanadas y pizzas, cacahuetes. Qué maravilla, le susurré a Paula, presenciar algo así, tan íntimo. En determinado momento, se cortó la música, todos se sentaron y el maestro de ceremonias que nos había hecho pasar, ocupó un espacio junto al espejo, sentado en un taburete y apoyado en una mesa alta, a su espalda el panteón de presidentes revolucionarios. Tomó un micro, alrededor todo el mundo calló, y comenzó a hablar con voz de radio acerca de la penosa y grave situación que atravesaba el país. Recorrieron las mesas asentimientos, susurros, codazos. El camarero sirvió copas. Tras una corta perorata, en la que incluso nos mencionó (rostros girados hacia nosotros, ojos abiertos), el maestro de ceremonias dio paso a un invitado, cuyo nombre se perdió entre los murmullos, pero que parecía formar parte del ministerio de economía, o de la sección de economía de la oposición, pero sin duda por el partido de Buenos Aires. El susodicho surgió de entre las mesas, vestido informalmente, y con mucha calmaagradeció la invitación, se sentó en el taburete libre, y esperó a que el maestro le preguntase, que cómo estaba la situación. Con mucha calma, el invitado aclaró en qué situación se encontraba el país (deuda externa, pagos, FMI, privatización), las perspectivas socioeconómicas de los próximos meses (mayo va a ser un mes muy difícil, afirmó), cómo se encontraba la situación del bloque opositor al gobierno, y qué papel debía o estaba cumpliendo la militancia en todo ello. Los ánimos, primero contenidos, se fueron alterando poco a poco. Pronto, pero no tan pronto, el maestro de ceremonias abrió la ronda de preguntas. En ella, con gran fervor, comenzaron a levantarse las manos, y diferentes personas de entre el público fueron, más que preguntando, lanzando pequeñas peroratas preñadas de términos como patria, enemigo, traidores, estado. También, la poco velada posibilidad de que el país hincase la rodilla y se hiciese trizas. Con todo lo que se ha trabajado aquí, decían. Todo ello debía, e iba a ser, evitado, por la nueva venida de Cristina Kirschner. Se mencionaron crisis pasadas, el Proceso, a los Kirschner y también a los Perón. Una mujer muy exaltada, traje blanco, más de sesenta años, demasiado morena, aulló que sentía miedo, mucho miedo, y en general sucedió una honda efervescencia en la sala, con pequeñas excepciones llamando a la calma, entre otras la del propio maestro de ceremonias, que trataba de poner orden, un pobre hombre solo clamó que quería que le explicasen qué demonios era la inflación. El invitado hablaba, una y otra vez, de unos misteriosos consensos necesarios para catalizar la reacción. Le susurré a Paula, que había encendido la grabadora al principio de todo, que no podríamos marcharnos hasta que terminase todo aquello, sería demasiado evidente, los dos españolitos largándose del acto, todas las miradas sobre nosotros, no, no podía ser. Pensarían que éramos anti-kirschneristas, o espías, o renegados, vete tú a saber. El exaltado de la bandera, sirviéndose copa tras copa, se encargaba de ir corrigiendo o matizando o interrumpiendo al invitado, gritaba, fuera de sí, despreciando las opiniones contrarias. Una mujer, al fondo, invisible para nosotros, gritó que cómo podía ella convencer al indeciso, exteriorizar la oposición a los demás, convencer. Mi mirada se iba deslizando por los rostros desencajados, de reojo veía las figuras pegadas en el cristal. Por fin, el maestro de ceremonias dio por cerrado el acto. Una mujer joven se marchó, zapatos en mano; otro hombre, nos deslizó unos flyers de una milonga que se celebraría unos días más tarde, prometiéndonos que era una bien grande y bonita de ver. Todos se pusieron de acuerdo, sin embargo, en cuanto comenzó a sonar lo que sin duda era un himno peronista, que vociferaron casi con la mano en el pecho. Luego, el tango regresó, pero era casi la una de la madrugada y servidor estaba deseando irse al apartamento. Salimos de allí lo más rápido que pudimos, tras haber disfrutado de una bella velada tanguera, primero, y un extraño acto pseudopolítico, después. ¿Te parece bien por tu cumpleaños?, le pregunté a Paula, ya afuera. Y luego, quizá por no desencajar, pasamos el camino de regreso, por las bulliciosas calles del centro de Buenos Aires, discutiendo sobre política y sociedad, lo objetivo y lo emocional. Frente a nosotros, la punta del Obelisco parecía a punto de pinchar la Luna casi llena, como si fuese un globo color plata…

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